LA IDENTIFICACIÓN
¿Por qué os identificáis con otra
persona, con un grupo, con un país? ¿Por qué os llamáis cristianos, hindúes,
budistas, o por qué pertenecéis a alguna de las innumerables sectas? Religiosa
y políticamente uno se identifica con este o aquel grupo por tradición o hábito,
por impulso, prejuicio, imitación y pereza. Esta identificación pone término a
toda comprensión creadora, y entonces uno llega a ser un mero instrumento en
manos de un partido, del sacerdote o del líder favorito.
El otro día alguien dijo que él era un “Krishnamurtiano”, mientras
que fulano pertenecía a otro grupo. Al decir eso, era completamente
inconsciente de las implicaciones de esa identificación. No se trataba en modo
alguno de un tonto; era instruido, culto y todo lo demás. Ni era tampoco sentimental
o impresionable; por el contrario, era claro y definido.
¿Por qué había llegado a ser un “Krishnamurtiano”? Había seguido a
otros, había pertenecido a fastidiosos grupos y organizaciones, y finalmente se
encontró identificado con esta particular persona. Por lo que decía, parecía
que su viaje había ya concluido. Había tomado una posición y eso era el fin de
la cuestión; había elegido y nada podía hacerlo vacilar. Ahora podía
confortablemente recogerse y seguir afanosamente todo lo que se había dicho y lo
que se diría.
Cuando nos identificamos con otro, ¿es eso un indicio de amor? ¿La
identificación implica experimentación? ¿No pone la identificación término al
amor y al experimento? La identificación, ciertamente, es posesión, la aserción
de propiedad; y la propiedad niega el amor, ¿no es así? Poseer es estar seguro;
la posesión es defensa, es hacerse invulnerable. En la identificación hay
resistencia, ya sea grosera o sutil; ¿Y es el amor una forma de resistencia
autoprotectora? ¿Hay amor cuando hay defensa?
El amor es vulnerable, flexible, receptivo; es la más alta forma de
sensibilidad, y la identificación conduce a la insensibilidad. Identificación y
amor no pueden ir juntos, pues el uno destruye al otro. La identificación es
esencialmente un proceso de pensamiento por medio del cual la mente se protege
y expande; y en el llegar a ser algo ella necesita resistir y defender,
necesita poseer y descartar. En este proceso de devenir, la mente o el “yo” se
hace cada vez más tenaz y más capaz; pero esto no es amor. La identificación
destruye la libertad, y únicamente en la libertad puede existir la más alta
forma de sensibilidad.
¿Debe haber identificación para experimentar? El mismo acto de la
identificación ¿no pone término al inquirir, al descubrir? La felicidad que
brinda la verdad no puede existir si no hay experimentación en el
autodescubrimiento. La identificación pone término al descubrimiento; es otra
forma de pereza. La identificación es un sustituto de la experiencia, y es por
lo tanto completamente falsa.
Para experimentar, toda identificación debe cesar. Para hacer un
experimento no debe haber miedo. El temor impide la experiencia. Es el miedo
que conduce a la identificación —identificación con otro, con un grupo, con una
ideología, etc. El temor necesita resistir, suprimir; y en un estado de
autodefensa, ¿cómo es posible aventurarse en el incierto mar? La verdad o la
felicidad no pueden advenir sin emprender la jornada en los caminos del «yo”,
No podréis viajar lejos si estáis anclados. La identificación es un refugio. Un
refugio requiere protección, y aquello que es protegido pronto es destruido. La
identificación acarrea su propia destrucción, y de ahí el constante conflicto
entre las diversas identificaciones.
Cuanto más luchamos a favor o en contra de la identificación, tanto
mayor es la resistencia a la comprensión. Si uno se da cuenta del total proceso
de la identificación, externa tanto como interna, si uno percibe que su
expresión exterior es proyectada por la demanda interior, entonces hay una
posibilidad de descubrimiento y felicidad. Aquel que se ha identificado a sí
mismo jamás puede conocer la libertad, en la cual únicamente toda verdad se
revela.



