LA REPETICIÓN Y LA SENSACIÓN
El estrépito y
los olores de la ciudad penetraban por la ventana abierta. En el gran jardín de
la plaza la gente sentada a la sombra leía las novedades, las noticias
generales. Las palomas se pavoneaban en derredor de sus pies buscando migajas y
los niños jugaban sobre los verdes prados. El sol hacia hermosas sombras.
El era un periodista vivaz e inteligente. No sólo quería una
entrevista, sino también discutir algunos de sus propios problemas. Cuando la
entrevista para su diario hubo terminado habló de su carrera y del valor de la
misma —no rentísticamente sino en cuanto a su significación en el mundo. Era un
hombre robusto, hábil, capaz y confiado. Se había elevado rápidamente en el
mundo periodístico donde tenía un porvenir asegurado.
Nuestras mentes están tan llenas de conocimientos que nos es casi
imposible experimentar directamente. La experiencia del placer y del dolor es
directa, individual; pero en la comprensión de la experiencia seguimos las
normas dadas por otros, por las autoridades religiosas y sociales. Somos el
resultado de los pensamientos y de las influencias de otros; estamos
condicionados por la propaganda tanto religiosa como política. El templo, la
iglesia o la mezquita tienen una extraña y oscura influencia en nuestras vidas,
y las ideologías políticas dan aparente sustancia a nuestro pensamiento. La
Propaganda nos hace y nos destruye. Las organizaciones religiosas son en primer
término propagandistas, que hacen uso de todos los medios para persuadir y
conquistar.
Somos un conjunto de respuestas confusas, y nuestro medio es tan
incierto como el porvenir que se nos promete. Las meras palabras tienen para
nosotros una extraordinaria importancia; tienen un efecto neurológico cuya
sensación es más importante que lo que está detrás del símbolo. El símbolo, la
imagen, la bandera, el ruido, es todo lo que nos importa; nuestra fuerza es el
sustituto, no la realidad. Leemos sobre las experiencias de otros, presenciamos
el juego de otros, seguimos el ejemplo de otros, citamos a otros. En nosotros
mismos estamos vacíos y procuramos llenar este vacío con palabras, con
sensaciones, con esperanzas e imaginación; pero la vacuidad continúa.
La repetición, con sus sensaciones, y aunque éstas sean placenteras
y nobles, no es el estado de vivencia; la constante repetición de un rito, de
una palabra, de una oración, nos brinda una sensación agradable, a la que
aplicamos un noble término. Pero la vivencia no es sensación, y la respuesta
sensoria pronto cede su lugar a la efectiva actualidad. Lo actual, lo que es, no puede ser comprendido por medio
de la mera sensación. Los sentidos juegan un papel limitado, pero la
comprensión o la vivencia está fuera y por encima de los sentidos. La sensación
se torna importante sólo cuando la vivencia cesa; entonces las palabras son
significativas y los símbolos dominan; entonces el gramófono parece encantador.
La vivencia no es una continuidad; pues lo que tiene continuidad es sensación,
en cualquier nivel que sea. La repetición de la sensación tiene la apariencia
de una experiencia nueva, pero las sensaciones jamás pueden ser nuevas. La
búsqueda de lo nuevo no se basa en las reiteradas sensaciones. Lo nuevo surge
únicamente cuando hay vivencia; y la vivencia sólo es posible cuando cesa el
ansia y la persecución de sensación.
El deseo de repetición de una experiencia es la condición atadora
de la sensación, y el enriquecimiento de la memoria es la prolongación de la
sensación. El deseo de repetir una experiencia, ya sea propia o de otro,
conduce a la insensibilidad, a la muerte. La repetición de una verdad es una
mentira. La verdad no puede ser repetida, no puede ser propagada o utilizada.
Lo que se puede utilizar y repetir no tiene vida en sí, es mecánico, estático.
Se puede utilizar una cosa muerta, pero no la verdad. Podéis matar y negar la
verdad, y entonces utilizarla; pero ya no es más la verdad. A los
propagandistas no les interesa la vivencia; les interesa la organización de la
sensación, religiosa o política, social o particular. El propagandista, religioso
o seglar, no puede ser el portavoz de la verdad. La vivencia sólo puede llegar
con la ausencia del deseo de sensación; el nombrar, el designar, debe cesar. No
hay proceso de pensamiento sin verbalización; y estar atrapado en la
verbalización es ser prisionero de las ilusiones del deseo.