domingo, 1 de junio de 2014

LA SENCILLEZ DEL CORAZÓN



LA SENCILLEZ DEL CORAZÓN

El cielo estaba completamente despejado. No se veían esas abultadas aves de grandes alas que tan fácilmente fluctúan de valle en valle, ni siquiera una nube pasajera. Los árboles estaban quietos y las encorvadas laderas de los cerros aparecían llenas de sombras. Un impaciente venado, consumido por la curiosidad, estaba atento, y repentinamente se lanzó como una flecha al aproximarnos. Bajo un matorral del mismo color de la tierra, estaba inmóvil un achatado sapo de ojos brillantes. Hacia el oeste las montañas eran abruptas y claras contra el sol poniente. Mucho más abajo había una gran casa; tenía una pileta de natación, en la que había algunas personas. Un encantador jardín rodeaba la casa; el lugar parecía retirado y floreciente, y tenía esa peculiar atmósfera de los ricos. Más abajo aún, siguiendo un camino polvoriento, había una pequeña choza en un campo reseco. La pobreza, la suciedad y la penuria, aun a esa distancia eran visibles. Miradas desde esa altura las dos casas no se hallaban muy alejadas; la fealdad y la belleza estaban en mutuo contacto.
La sencillez del corazón es de mucha mayor importancia y significación que la sencillez de los bienes. Contentarse con pocas cosas es asunto comparativamente fácil. Renunciar al confort, dejar de fumar u otros hábitos, no indica sencillez de corazón. Ponerse un taparrabo en un mundo lleno de ropas, comodidades y distracciones, no es indicio de ser libre. Hubo un hombre que había renunciado al mundo y a sus comodidades, pero sus deseos y pasiones lo estaban consumiendo; había tomada los hábitos de monje, mas no halló la paz. Buscaba perpetuamente, y su mente estaba corroída por sus dudas y esperanzas. Exteriormente os disciplináis y renunciáis, trazáis vuestro rumbo, paso a paso, para alcanzar la meta. Medís el progreso de vuestra realización de acuerdo con el patrón de la virtud: en qué medida habéis dejado esto o aquello, qué control habéis logrado en vuestra conducta, cuán tolerante y amable sois, y así por el estilo. Habéis aprendido el arte de la concentración, y os retiráis a un bosque, a un monasterio o a un cuarto oscuro para meditar; pasáis vuestros días en súplicas y desvelos. Exteriormente habéis hecho sencilla vuestra vida, y merced a este meditado y calculado arreglo esperáis alcanzar la bienaventuranza que no es de este mundo.
Pero ¿se alcanza la realidad por medio de controles y sanciones externas? Si bien la sencillez externa, el dejar de lado el confort, es obviamente necesario, ¿abrirá esta acción la puerta a la realidad? El estar ocupado con el confort y el éxito agobia la mente y el corazón, y para viajar es preciso que haya libertad; pero ¿por qué estamos tan interesados en esta acción exterior? ¿Por qué estamos tan ansiosamente dispuestos a dar una expresión externa a nuestra intención? ¿Es por el temor a la propia decepción, o al “qué dirán” de los demás? ¿Por qué deseamos convencernos a nosotros mismos de nuestra integridad? ¿No se basa todo este problema en el deseo de estar seguros, de estar convencidos de la importancia de nuestro propio devenir?
El deseo de ser es el principio de la complejidad. Impulsados por el deseo siempre creciente de ser, tanto interna como externamente, acumulamos o renunciamos, cultivamos o negamos. Viendo que el tiempo nos despoja de todas las cosas, nos aferramos a lo atemporal. Esta lucha por ser, positiva o negativamente, mediante el apego o el desapego, jamás puede ser resuelta por ninguna acción, disciplina o práctica externa, pero la comprensión de esta lucha traerá, en forma natural y espontánea, la liberación de la acumulación externa e interna con sus conflictos. La realidad no se alcanza mediante el desprendimiento, es inalcanzable por ningún medio. Todos los medios y fines son formas de apego, y ellos deben cesar para que la realidad sea.