EL RICO Y EL POBRE
Estaba caluroso y
húmedo y el ruido de la gran ciudad llenaba el aire. La brisa del mar era
cálida, y había olor a petróleo y alquitrán. Con la puesta del sol, rojo en las
aguas distantes, el calor se hizo aun más insoportable. El numeroso grupo que
llenaba el salón se retiró, y salimos a la calle.
Los papagayos, como brillantes relámpagos de luz verde, regresaban
a sus pértigas para dormir. Temprano por la mañana volaban hacia el norte,
donde había huertos, verdes prados y campo abierto, y al anochecer volvían para
pasar la noche en los árboles de la ciudad. Su vuelo nunca era parejo sino
agitado, ruidoso y brillante. Jamás volaban en línea recta como las otras aves,
sino que viraban sin cesar a la izquierda o a la derecha, o se dejaban caer de
repente sobre un árbol. Eran las aves más agitadas en el vuelo, pero qué hermosas
eran con sus picos rojos y su plumaje verde dorado, verdadera gloria de luz.
Los buitres, pesados y feos, volaban en circulas y descendían sobre las
palmeras para pasar la noche.
Un hombre pasó tocando la flauta; parecía un sirviente. Subió la
cuesta, siempre tocando, y nosotros lo seguimos; dobló por una de las calles
laterales, sin dejar de tocar. Era extraño oír la flauta en una ciudad ruidosa,
y su sonido penetraba hondo en el corazón. Resultaba encantador, y seguimos un
trecho al flautista. Cruzamos varias calles y llegamos a una más ancha, más
iluminada. Un poco más lejos, un grupo de personas estaban sentadas con las
piernas cruzadas a la vera del camino, y el flautista se unió; a ellas. Así lo
hicimos nosotros; y todos nos sentamos alrededor de él mientras tocaba. La
mayor parte eran choferes, sirvientes, serenos, con varios niños y uno o dos
perros. Pasaron algunos automóviles, uno conducido por un chofer; en él iba una
señora sola, elegantemente vestida, con la luz interior encendida. Otro coche se
acercó; el chofer bajó y se sentó con nosotros. Todos estaban conversando y
divirtiéndose, riendo y gesticulando, pero el canto de la flauta nunca se
interrumpía, y era delicioso.
Luego nos fuimos y tomamos un camino que conducía al mar pasando
entre las bien iluminadas casas de los ricos. Los ricos tienen una atmósfera
especial que les es propia. Por muy cultos, discretos, tradicionales y educados
que sean, los ricos tienen una impenetrable y segura altivez, esa inviolable
certeza y dureza que es difícil de abatir. Ellos no son los poseedores de la
riqueza, sino que están poseídos por la riqueza, lo que es peor que la muerte.
Su presunción es la filantropía; creen que son los depositarios de sus
riquezas; tienen caridad, hacen donaciones; son los creadores, los
constructores, los dadores. Construyen iglesias, templos, pero su dios es el
dios de su oro. Con tanta pobreza y degradación como existen, es necesario ser
muy insensible para ser rico. Algunos de ellos vienen a preguntar, a argüir,
para hallar la realidad. Para el rico como para el pobre, es extremadamente
difícil hallar la realidad. Los pobres ansían ser ricos y poderosos, y los
ricos ya están atrapados en la red de su propia acción, y sin embargo ellos
creen y se arriesgan a acercarse. Especulan, no sólo en el mercado, sino
también con lo supremo. Juegan con ambos, pero sólo tienen éxito con aquello
que está en sus corazones. Sus creencias y ceremonias, sus esperanzas y temores
nada tienen que ver con la realidad, pues sus corazones están vacíos. Cuanto
mayor es la apariencia externa, tanto mayor es la pobreza interior.
Renunciar al mundo de la riqueza, el confort y la posición, es cosa
comparativamente simple; pero dejar de lado el ansia de ser, de devenir,
requiere gran inteligencia y comprensión. El poder que otorga la riqueza es un
impedimento para la comprensión de la realidad, como lo es también el poder del
talento y la capacidad. Esta forma particular de confianza es obviamente una
actividad del “yo”; y aunque sea difícil, no es imposible desligarse de esta
clase de seguridad y poder. Pero lo que es mucho más sutil y oculto es el poder
y el impulso que se apoyan en el ansia de devenir. La autoexpansión en
cualquier forma, tanto por medio de la riqueza como por medio de la virtud, es
un proceso de conflicto, que causa antagonismo y confusión Una mente agobiada
con el devenir jamás puede estar tranquila, porque la tranquilidad no es el
resultado de una práctica ni del tiempo. La tranquilidad es un estado de
comprensión, y el devenir niega esta comprensión. El devenir crea el sentido de
tiempo, que es realmente la postergación de la comprensión. El “yo llegaré a
ser” es una ilusión nacida de la autoimportancia.
El mar estaba tan agitado como la ciudad, pero su agitación tenía
profundidad y sustancia. La estrella del atardecer estaba en el horizonte.
Regresamos por una calle atestada de ómnibus, coches y peatones. Un hombre
desnudo y dormido estaba tendido sobre la vereda; era un mendigo, exhausto,
fatalmente desnutrido, y fue difícil despertarlo. Más allá se extendían los
verdes prados y las brillantes flores de un jardín público.



