domingo, 1 de junio de 2014

LA RENUNCIACIÓN DE LA RIQUEZA



LA RENUNCIACIÓN DE LA RIQUEZA

Estábamos sentados a la sombra de un gran árbol, mirando un verde valle. Los pájaros carpinteros se hallaban activos y las hormigas en larga fila iban y venían entre los árboles. El viento soplaba el mar, trayendo el perfume de la bruma distante. Las montañas estaban azules y soñolientas; a veces daban la impresión e hallarse muy cercanas, pero ahora estaban muy distantes. Un pajarito bebía de un pequeño charco formado por las filtraciones de un caño. Dos ardillas grises con largas y espesas colas se perseguían mutuamente subiendo y bajando a un árbol; trepaban hasta la copa y bajaban a toda velocidad casi hasta el suelo, para volver a subir otra vez.
Él había sido un hombre muy rico y había renunciado a sus riquezas. Tuvo muchas posesiones y conoció el peso de su responsabilidad, porque era caritativo y no muy duro de corazón. Daba sin restricción y olvidaba lo que había dado. Era bueno con sus ayudantes y procuraba beneficiarlos, y hacía dinero fácilmente en un mundo dispuesto para los negocios. Era distinto de aquellos cuyas cuentas bancarias e inversiones son más importantes que ellos mismos, que permanecen solos y temerosos de la gente y de sus demandas, que se encierran en la peculiar atmósfera de su riqueza No era exigente con su familia ni se sometía fácilmente, y tenía muchos amigos, pero no porque era rico. Estaba refiriendo que había renunciado a sus posesiones porque comprendió un día, mientras leía algo, cuán enormemente estúpido era acumular dinero y riqueza. Ahora sólo tenía unas pocas cosas y procuraba llevar una vida sencilla, para descubrir qué es todo esto y si hay algo más allá de los sentidos físicos.
Estar contento con poco es comparativamente fácil; estar libre de la carga de muchas cosas no es difícil cuando uno está buscando algo diferente. El apremio de la búsqueda interior disipa la confusión de las muchas posesiones, pero el estar libre de las cosas exteriores no implica una vida sencilla. La sencillez y el orden exteriores no significan necesariamente tranquilidad e inocencia interiores. Es bueno ser sencillo exteriormente, porque eso da cierta libertad, es un gesto de integridad; pero ¿por qué es que empezamos invariablemente con la sencillez exterior y no con la sencillez interior? ¿Es para convencernos a nosotros mismos y a los demás de nuestra intención? ¿Por qué tenemos que convencernos a nosotros mismos? La liberación de las cosas requiere inteligencia, no actitudes y demostraciones; y la inteligencia no es personal. Si uno se da cuenta de todas las complicaciones de las muchas posesiones, esa misma percepción libera, y entonces son innecesarias las demostraciones y las actitudes dramáticas. Es cuando esta inteligente percepción no funciona que recurrimos a las disciplinas y a las renunciaciones. El énfasis no está en lo mucho o lo poco, sino en la inteligencia; y el hombre inteligente, contento con poco, está libre de las muchas posesiones.
Pero el contento es una cosa y la sencillez es otra cosa muy diferente. El deseo de contentamiento o de sencillez es una atadura. El deseo contribuye a la complejidad. El contento llega con la alerta percepción de lo que es, y la sencillez con la liberación de lo que es. Es bueno ser exteriormente sencillo, pero es mucho más importante ser interiormente sencillo y claro. La claridad no proviene de una mente decidida y resuelta; la mente no puede crearla. La mente puede ajustarse, puede arreglar y ordenar sus pensamientos; pero esto no es claridad o sencillez.
La acción de la voluntad contribuye a la confusión; porque la voluntad, por muy sublimada que esté, es de todos modos el instrumento del deseo. La voluntad de ser, de devenir, cuando es digna y noble, puede proporcionar una directiva, puede señalar un camino en medio de la confusión; pero tal proceso conduce al aislamiento, y la claridad no puede llegar a través del aislamiento. La acción de la voluntad puede aclarar temporariamente el plano superficial, necesario para la mera actividad, pero jamás podrá aclarar el trasfondo; pues la voluntad en sí es el resultado de este mismo trasfondo. El trasfondo engendra y alimenta la voluntad, y la voluntad puede afinar el trasfondo, elevar sus potencialidades; pero jamás podrá purificar el trasfondo.
La sencillez no es de la mente. Una sencillez planeada sólo es un astuto acomodo una defensa contra el dolor y el placer; es una actividad que conduce al autoencierro que a su vez crea las diversas formas de conflicto y confusión. El conflicto es lo que trae la oscuridad, interna y externamente. El conflicto y la claridad no pueden existir juntos; y lo que confiere sencillez es la liberación del conflicto no su dominación. Lo que se conquista tiene que ser conquistado una y otra vez y por eso el conflicto se hace interminable. La comprensión del conflicto es la comprensión del deseo. El deseo puede considerarse a sí mismo como el observador como el que comprende; pero esta sublimación del deseo sólo es aplazamiento y no comprensión. El fenómeno del observador y lo observado no es un proceso dual sino un proceso único; y sólo al vivenciar de hecho este proceso unitario hay liberación del deseo del conflicto. La cuestión de cómo vivenciar este hecho no debería suscitarse jamás. Debe acaecer; y acaece solamente cuando hay alerta y pasiva percepción. No podéis conocer la positiva experiencia de encontrarse con una serpiente venenosa sólo imaginándolo o especulando sobre ello mientras estáis cómodamente sentados en vuestro cuarto. Para encontrar la serpiente debéis aventuraros más allá de las calles pavimentadas y de las luces artificiales.
El pensamiento puede registrar pero no puede vivencias la liberación del conflicto; pues la sencillez o claridad no es de la mente.