LA RENUNCIACIÓN DE LA RIQUEZA
Estábamos sentados a
la sombra de un gran árbol, mirando un verde valle. Los pájaros carpinteros se
hallaban activos y las hormigas en larga fila iban y venían entre los árboles.
El viento soplaba el mar, trayendo el perfume de la bruma distante. Las
montañas estaban azules y soñolientas; a veces daban la impresión e hallarse
muy cercanas, pero ahora estaban muy distantes. Un pajarito bebía de un pequeño
charco formado por las filtraciones de un caño. Dos ardillas grises con largas
y espesas colas se perseguían mutuamente subiendo y bajando a un árbol;
trepaban hasta la copa y bajaban a toda velocidad casi hasta el suelo, para
volver a subir otra vez.
Él había sido un hombre muy rico y había renunciado a sus riquezas.
Tuvo muchas posesiones y conoció el peso de su responsabilidad, porque era
caritativo y no muy duro de corazón. Daba sin restricción y olvidaba lo que
había dado. Era bueno con sus ayudantes y procuraba beneficiarlos, y hacía
dinero fácilmente en un mundo dispuesto para los negocios. Era distinto de
aquellos cuyas cuentas bancarias e inversiones son más importantes que ellos
mismos, que permanecen solos y temerosos de la gente y de sus demandas, que se
encierran en la peculiar atmósfera de su riqueza No era exigente con su familia
ni se sometía fácilmente, y tenía muchos amigos, pero no porque era rico.
Estaba refiriendo que había renunciado a sus posesiones porque comprendió un
día, mientras leía algo, cuán enormemente estúpido era acumular dinero y
riqueza. Ahora sólo tenía unas pocas cosas y procuraba llevar una vida
sencilla, para descubrir qué es todo esto y si hay algo más allá de los
sentidos físicos.
Estar contento con poco es comparativamente fácil; estar libre de
la carga de muchas cosas no es difícil cuando uno está buscando algo diferente.
El apremio de la búsqueda interior disipa la confusión de las muchas
posesiones, pero el estar libre de las cosas exteriores no implica una vida
sencilla. La sencillez y el orden exteriores no significan necesariamente
tranquilidad e inocencia interiores. Es bueno ser sencillo exteriormente,
porque eso da cierta libertad, es un gesto de integridad; pero ¿por qué es que
empezamos invariablemente con la sencillez exterior y no con la sencillez
interior? ¿Es para convencernos a nosotros mismos y a los demás de nuestra
intención? ¿Por qué tenemos que convencernos a nosotros mismos? La liberación
de las cosas requiere inteligencia, no actitudes y demostraciones; y la
inteligencia no es personal. Si uno se da cuenta de todas las complicaciones de
las muchas posesiones, esa misma percepción libera, y entonces son innecesarias
las demostraciones y las actitudes dramáticas. Es cuando esta inteligente
percepción no funciona que recurrimos a las disciplinas y a las renunciaciones.
El énfasis no está en lo mucho o lo poco, sino en la inteligencia; y el hombre
inteligente, contento con poco, está libre de las muchas posesiones.
Pero el contento es una cosa y la sencillez es otra cosa muy
diferente. El deseo de contentamiento o de sencillez es una atadura. El deseo
contribuye a la complejidad. El contento llega con la alerta percepción de lo
que es, y la sencillez con la liberación de lo que es. Es bueno ser
exteriormente sencillo, pero es mucho más importante ser interiormente sencillo
y claro. La claridad no proviene de una mente decidida y resuelta; la mente no
puede crearla. La mente puede ajustarse, puede arreglar y ordenar sus pensamientos;
pero esto no es claridad o sencillez.
La acción de la voluntad contribuye a la confusión; porque la
voluntad, por muy sublimada que esté, es de todos modos el instrumento del
deseo. La voluntad de ser, de devenir, cuando es digna y noble, puede
proporcionar una directiva, puede señalar un camino en medio de la confusión;
pero tal proceso conduce al aislamiento, y la claridad no puede llegar a través
del aislamiento. La acción de la voluntad puede aclarar temporariamente el
plano superficial, necesario para la mera actividad, pero jamás podrá aclarar
el trasfondo; pues la voluntad en sí es el resultado de este mismo trasfondo.
El trasfondo engendra y alimenta la voluntad, y la voluntad puede afinar el
trasfondo, elevar sus potencialidades; pero jamás podrá purificar el trasfondo.
La sencillez no es de la mente. Una sencillez planeada sólo es un
astuto acomodo una defensa contra el dolor y el placer; es una actividad que
conduce al autoencierro que a su vez crea las diversas formas de conflicto y confusión.
El conflicto es lo que trae la oscuridad, interna y externamente. El conflicto
y la claridad no pueden existir juntos; y lo que confiere sencillez es la
liberación del conflicto no su dominación. Lo que se conquista tiene que ser
conquistado una y otra vez y por eso el conflicto se hace interminable. La
comprensión del conflicto es la comprensión del deseo. El deseo puede
considerarse a sí mismo como el observador como el que comprende; pero esta
sublimación del deseo sólo es aplazamiento y no comprensión. El fenómeno del
observador y lo observado no es un proceso dual sino un proceso único; y sólo
al vivenciar de hecho este proceso unitario hay liberación del deseo del
conflicto. La cuestión de cómo vivenciar este hecho no debería suscitarse jamás.
Debe acaecer; y acaece solamente cuando hay alerta y pasiva percepción. No
podéis conocer la positiva experiencia de encontrarse con una serpiente
venenosa sólo imaginándolo o especulando sobre ello mientras estáis cómodamente
sentados en vuestro cuarto. Para encontrar la serpiente debéis aventuraros más
allá de las calles pavimentadas y de las luces artificiales.
El pensamiento puede registrar pero no puede vivencias la
liberación del conflicto; pues la sencillez o claridad no es de la mente.