domingo, 1 de junio de 2014

LA POLÍTICA



LA POLÍTICA

Había llovido todo el día en lo alto de la montaña. No o era una lluvia suave, tranquila, sino uno de esos torrenciales aguaceros que inundan los caminos y desarraigan árboles en las laderas de las colinas, originando hundimientos y estrepitosas corrientes que se apaciguan en pocas horas. Un niño, empapado hasta la piel, estaba jugando en un charco de agua y no prestaba la menor atención a la estridente y encolerizada voz de su madre. Una vaca bajaba por el fangoso camino cuando nosotros subíamos. Las nubes parecían abrirse y cubrir la tierra con agua. Estábamos calados y nos quitamos gran parte de la ropa, y la lluvia resultaba agradable sobre la piel. La casa estaba arriba en la falda de la montaña, y la ciudad reposaba abajo. Un fuerte viento soplaba del oeste, acumulando oscuros y furiosos nubarrones.
En la habitación ardía una lumbre, y varias personas estaban esperando para conversar de las cosas. La lluvia, batiendo contra las ventanas, había formado sobre el piso un gran lodazal, y hasta por la chimenea chorreaba el agua, haciendo chisporrotear el fuego.
El era un político muy famoso, realista, intensamente sincero y apasionadamente patriota. Ni apocado ni egoísta, su ambición no era para sí, sino para una idea y para el pueblo. No era un simple charlatán elocuente o un cazador de votos; había sufrido por su causa y, cosa extraña, no estaba amargado. Parecía más un erudito que un político. Pero la política era el anhelo de su vida, y su partido le obedecía, aunque más bien nerviosamente. Era un soñador, pero había renunciado a todo eso por la politiza. Su amigo, el dirigente economista, estaba también allí; éste tenía complicadas teorías y datos referentes a la distribución de enormes recursos. Parecía estar familiarizado con los economistas tanto de izquierda como de derecha, y tenía sus propias teorías para la salvación económica de la humanidad. Hablaba con fiabilidad, y no había ninguna vacilación en las palabras. Ambos habían pronunciado discursos ante grandes muchedumbres.
¿Habéis notado, en los diarios y revistas, el espacio considerable que se dedica a la política, a lo que dicen los políticos y a sus actividades? Por supuesto, se publican otras noticias, pero son informaciones políticas las que predominan; la vida económica y política ha llegado a ser de suprema importancia. Las circunstancias exteriores —confort, dinero, posición y poder— parecen dominar y modelar nuestra existencia. La apariencia exterior —el título, el vestido, el saludo, la bandera—, se ha vuelto crecientemente significativa, y el proceso total de la vida ha sido olvidado o deliberadamente postergado. Es mucho más fácil entregarse a actividades políticas y sociales que comprender la vida como un todo, estar asociado con algún pensamiento organizado, con actividades políticas o religiosas, brinda una respetable evasión de las pequeñeces y afanes de la vida cotidiana. Con un corazón pequeño podéis hablar de grandes cosas y de dirigentes populares: podéis ocultar vuestra superficialidad con fáciles frases sobre asuntos mundiales; vuestra agitada mente puede con satisfacción y con popular estímulo dedicarse a propagar la ideología de una nueva o de una vieja religión:
La política es la reconciliación de los efectos; y como la mayoría de nosotros está interesada en los efectos, lo extremo ha adquirido una importancia predominante. Mediante el manipuleo de los efectos esperamos crear orden y paz; pero, desgraciadamente, no es cosa tan simple como parece. La vida es un proceso total, interno tanto como externo; lo exterior afecta definidamente lo interior, pero lo interior invariablemente vence lo exterior. Lo que sois, lo exteriorizáis. Lo externo y lo interno no pueden separarse y guardarse en compartimentos estancos, porque constantemente están reaccionando entre sí; pero el ansia interior, los móviles y motivos ocultos, son siempre más poderosos. La vida no depende de la actividad política o económica; la vida no es una mera apariencia externa, así como un árbol no es sólo la hoja o la rama. La vida es un proceso total cuya belleza ha de descubrirse únicamente en su integración. Esta integración no tiene lugar en el nivel superficial de las reconciliaciones políticas y económicas; ella se encuentra más allá de las causas y de los efectos.
Nuestras vidas son vacías, sin mayor significación, porque jugamos con las causas y efectos y nunca vamos más allá, excepto verbalmente. Es por esta razón que nos hemos vuelto esclavos de las incitaciones políticas y de los sentimentalismos religiosos. Unicamente hay esperanzas en la integración de los varios procesos de los cuales estamos constituidos. Esta integración no adviene por medio de ninguna ideología, o por el seguimiento de alguna autoridad particular, religiosa o política; adviene sólo mediante una amplia y profunda vigilancia. Esta alerta percepción debe penetrar en las capas más profundas de la conciencia y no conformarse con las respuestas superficiales.