domingo, 1 de junio de 2014

EL INDIVIDUO Y LA SOCIEDAD



EL INDIVIDUO Y LA SOCIEDAD

Caminábamos por una concurrida calle. Las aceras estaban repletas de gente, y el humo de escape de los automóviles y ómnibus llenaba nuestras narices. Las tiendas exhibían muchas cosas suntuosas unas y baladíes las otras. El cielo era de color plata pálido, y el parque estaba delicioso cuando salimos del ruidoso pasaje. Nos internamos en el parque y nos sentamos.
Mi interlocutor dijo que el Estado, con su militarización y legislación, estaba absorbiendo al individuo en casi todas partes, y que el culto del Estado estaba reemplazando ahora el culto de Dios. En la mayoría de los países el Estado penetraba en la vida íntima de la gente; se les decía lo que debían leer y lo que debían pensar. El Estado espiaba a sus ciudadanos, manteniendo sobre ellos una custodia casi divina y sustituyendo así la función de la Iglesia. Era la nueva religión. El hombre estaba acostumbrado a ser esclavo de la Iglesia, pero ahora era esclavo del Estado. Antes era la Iglesia, y ahora el Estado quien controlaba su educación; y a ninguno de los dos interesaba la liberación del hombre.
¿Cuál es la relación del individuo con la sociedad? Obviamente, la sociedad existe para el individuo, y no a la inversa. La sociedad existe para la fruición del hombre; existe para dar libertad al individuo, de modo que pueda tener la oportunidad de despertar la más alta inteligencia. Esta inteligencia no es el mero cultivo de una técnica o del conocimiento; ella surge en el contacto con esa creadora realidad que no es de la mente superficial. La inteligencia no es un resultado acumulativo, sino que es el liberarse de la realización progresiva y del éxito. La inteligencia jamás es estática; no puede ser copiada ni estandarizada, y de aquí que no pueda ser enseñada. La inteligencia debe ser descubierta en la libertad.
La voluntad colectiva y su acción; que es la sociedad, no brinda al individuo esta libertad; pues la sociedad, no siendo orgánica, es siempre estática. La sociedad se ha hecho y organizado para la conveniencia del hombre; no tiene ningún mecanismo independiente del suyo propio. Los hombres pueden adueñarse de la sociedad, guiarla, modelarla, tiranizarla, según sus estados psicológicos; pero la sociedad no es dueña del hombre. Puede ejercer influencia sobre él, pero el hombre siempre la sobrepuja. Hay conflicto entre el hombre y la sociedad porque el hombre está en concreto dentro de sí mismo; y el conflicto existe entre lo que es estático y lo que es viviente. La sociedad es la expresión externa del hombre. El conflicto entre él y la sociedad es el conflicto íntimo consigo mismo. Este conflicto, interno y externo, existirá siempre hasta que se despierte su inteligencia superior.
Somos tanto entidades sociales como individuales; somos ciudadanos tanto como hombres, separándonos en el dolor y el placer. Si ha de haber paz, preciso será que comprendamos la justa relación entre el hombre y el ciudadano. Por supuesto, el Estado preferiría que fuésemos cabalmente ciudadanos; pero eso es la estupidez de los gobiernos. Nosotros mismos quisiéramos reducir el hombre al ciudadano pues ser un ciudadano es más fácil que ser un hombre. Ser un buen ciudadano es funcionar eficientemente dentro del molde de una determinada sociedad. Al ciudadano se le exige eficiencia y conformidad, que lo endurecen, lo hacen cruel y entonces es capaz de sacrificar el hombre al ciudadano. Un buen ciudadano no es necesariamente un buen hombre; pero un hombre bueno es de hecho un ciudadano verdadero, no identificado con una particular sociedad o país. Porque es esencialmente un hombre bueno, sus actos no serán antisociales, no estará en oposición con nadie. Vivirá cooperando con otros hombres buenos; no buscará autoridad, pues él de ningún modo tiene autoridad será capaz de eficiencia sin crueldad. El ciudadano trata de sacrificar al hombre; pero el hombre que va en busca de la suprema inteligencia evitará naturalmente las estupideces del ciudadano. Por lo tanto el Estado se opondrá al hombre bueno, al hombre de inteligencia; pero un hombre tal está libre de todos los gobiernos y de todos los países.
El hombre inteligente creará una buena sociedad; pero un buen ciudadano no dará lugar a una sociedad en la que el hombre pueda ser de suprema inteligencia. El conflicto entre el ciudadano y el hombre es inevitable si predomina el ciudadano; y toda sociedad que deliberadamente menosprecia al hombre está sentenciada. Sólo cuando se comprende el proceso psicológico del hombre, hay reconciliación entre el ciudadano y el hombre. Al Estado, a la sociedad presente, no le interesa el hombre interior, sino sólo el hombre exterior, el ciudadano. Podrá negar al hombre interior, pero éste vencerá siempre al hombre exterior, destruyendo los planes astutamente trazados para el ciudadano. El Estado sacrifica el presente por el futuro, siempre en salvaguardia de su propio futuro; considera que lo importante es el futuro, no el presente. Pero para el hombre inteligente, es de la mayor importancia el presente, el ahora, y no el mañana. Lo que es sólo puede ser comprendido con la desaparición del mañana. La comprensión de lo que es produce transformación en el inmediato presente. Es esta transformación que tiene suprema importancia, y no cómo reconciliar al ciudadano con el hombre. Cuando esta transformación tiene lugar, cesa el conflicto entre el hombre y el ciudadano.