EL INDIVIDUO Y LA SOCIEDAD
Caminábamos por una
concurrida calle. Las aceras estaban repletas de gente, y el humo de escape de
los automóviles y ómnibus llenaba nuestras narices. Las tiendas exhibían muchas
cosas suntuosas unas y baladíes las otras. El cielo era de color plata pálido,
y el parque estaba delicioso cuando salimos del ruidoso pasaje. Nos internamos
en el parque y nos sentamos.
Mi interlocutor dijo que el Estado, con su militarización y
legislación, estaba absorbiendo al individuo en casi todas partes, y que el culto
del Estado estaba reemplazando ahora el culto de Dios. En la mayoría de los
países el Estado penetraba en la vida íntima de la gente; se les decía lo que
debían leer y lo que debían pensar. El Estado espiaba a sus ciudadanos,
manteniendo sobre ellos una custodia casi divina y sustituyendo así la función
de la Iglesia. Era la nueva religión. El hombre estaba acostumbrado a ser
esclavo de la Iglesia, pero ahora era esclavo del Estado. Antes era la Iglesia,
y ahora el Estado quien controlaba su educación; y a ninguno de los dos
interesaba la liberación del hombre.
¿Cuál es la relación del individuo con la sociedad? Obviamente, la
sociedad existe para el individuo, y no a la inversa. La sociedad existe para
la fruición del hombre; existe para dar libertad al individuo, de modo que
pueda tener la oportunidad de despertar la más alta inteligencia. Esta
inteligencia no es el mero cultivo de una técnica o del conocimiento; ella
surge en el contacto con esa creadora realidad que no es de la mente
superficial. La inteligencia no es un resultado acumulativo, sino que es el
liberarse de la realización progresiva y del éxito. La inteligencia jamás es
estática; no puede ser copiada ni estandarizada, y de aquí que no pueda ser
enseñada. La inteligencia debe ser descubierta en la libertad.
La voluntad colectiva y su acción; que es la sociedad, no brinda al
individuo esta libertad; pues la sociedad, no siendo orgánica, es siempre
estática. La sociedad se ha hecho y organizado para la conveniencia del hombre;
no tiene ningún mecanismo independiente del suyo propio. Los hombres pueden
adueñarse de la sociedad, guiarla, modelarla, tiranizarla, según sus estados
psicológicos; pero la sociedad no es dueña del hombre. Puede ejercer influencia
sobre él, pero el hombre siempre la sobrepuja. Hay conflicto entre el hombre y
la sociedad porque el hombre está en concreto dentro de sí mismo; y el
conflicto existe entre lo que es estático y lo que es viviente. La sociedad es
la expresión externa del hombre. El conflicto entre él y la sociedad es el
conflicto íntimo consigo mismo. Este conflicto, interno y externo, existirá
siempre hasta que se despierte su inteligencia superior.
Somos tanto entidades sociales como individuales; somos ciudadanos
tanto como hombres, separándonos en el dolor y el placer. Si ha de haber paz,
preciso será que comprendamos la justa relación entre el hombre y el ciudadano.
Por supuesto, el Estado preferiría que fuésemos cabalmente ciudadanos; pero eso
es la estupidez de los gobiernos. Nosotros mismos quisiéramos reducir el hombre
al ciudadano pues ser un ciudadano es más fácil que ser un hombre. Ser un buen
ciudadano es funcionar eficientemente dentro del molde de una determinada
sociedad. Al ciudadano se le exige eficiencia y conformidad, que lo endurecen,
lo hacen cruel y entonces es capaz de sacrificar el hombre al ciudadano. Un
buen ciudadano no es necesariamente un buen hombre; pero un hombre bueno es de
hecho un ciudadano verdadero, no identificado con una particular sociedad o
país. Porque es esencialmente un hombre bueno, sus actos no serán antisociales,
no estará en oposición con nadie. Vivirá cooperando con otros hombres buenos;
no buscará autoridad, pues él de ningún modo tiene autoridad será capaz de
eficiencia sin crueldad. El ciudadano trata de sacrificar al hombre; pero el
hombre que va en busca de la suprema inteligencia evitará naturalmente las
estupideces del ciudadano. Por lo tanto el Estado se opondrá al hombre bueno,
al hombre de inteligencia; pero un hombre tal está libre de todos los gobiernos
y de todos los países.
El hombre inteligente creará una buena sociedad; pero un buen
ciudadano no dará lugar a una sociedad en la que el hombre pueda ser de suprema
inteligencia. El conflicto entre el ciudadano y el hombre es inevitable si
predomina el ciudadano; y toda sociedad que deliberadamente menosprecia al
hombre está sentenciada. Sólo cuando se comprende el proceso psicológico del
hombre, hay reconciliación entre el ciudadano y el hombre. Al Estado, a la
sociedad presente, no le interesa el hombre interior, sino sólo el hombre
exterior, el ciudadano. Podrá negar al hombre interior, pero éste vencerá
siempre al hombre exterior, destruyendo los planes astutamente trazados para el
ciudadano. El Estado sacrifica el presente por el futuro, siempre en salvaguardia
de su propio futuro; considera que lo importante es el futuro, no el presente.
Pero para el hombre inteligente, es de la mayor importancia el presente, el
ahora, y no el mañana. Lo que es sólo puede ser comprendido con la desaparición
del mañana. La comprensión de lo que es produce transformación en el inmediato
presente. Es esta transformación que tiene suprema importancia, y no cómo
reconciliar al ciudadano con el hombre. Cuando esta transformación tiene lugar,
cesa el conflicto entre el hombre y el ciudadano.



