Vino a vernos
rodeado por sus discípulos. Estos pertenecían a todas las categorías sociales:
el pudiente y el pobre, el alto funcionario público y la viuda, el fanático y
el joven sonriente. Formaban un grupo alegre y feliz, y las sombras danzaban
sobre las blancas casas. Los papagayos chillaban en el espeso follaje, y un
ruidoso carretón acababa de pasar. El joven se hallaba impaciente e insistió
sobre la importancia del gurú, del Maestro; los otros estaban de acuerdo con él
y sonreían con deleite cuando expresaba sus puntos de vista, clara y objetivamente.
El cielo estaba muy azul, y un águila de cuello blanco hacia círculos justo
sobre nosotros con imperceptibles movimientos de ala. Era un día verdaderamente
hermoso. ¡Cómo nos destruimos los unos a los otros el discípulo al gurú, y el
gurú al discípulo! ¡Cómo nos conformamos, rompiendo un molde para tornar nuevas
formas! Un pájaro picoteaba un largo gusano en la tierra húmeda.
Somos muchos y no uno. El uno no llega a ser hasta que los muchos
cesan. Los clamorosos muchos están en guerra entre sí día y noche, y esta
guerra es el tormento de la vida. Destruimos uno, pero otro surge en su lugar;
y este proceso aparentemente interminable es nuestra vida. Tratamos de imponer
al uno sobre los muchos, pero el uno pronto llega a ser los muchos. La voz del
uno es la voz de los muchos, y asume autoridad; pero es todavía el parloteo de
una voz. Somos las voces de los muchos, y tratamos de captar la silenciosa voz
del uno. El uno es los muchos si los muchos están silenciosos para oír la voz
del uno. Los muchos jamás pueden descubrir al uno.
Nuestro problema no es cómo oír la voz del uno sino comprender la
composición, la estructura de los muchos que somos nosotros. Una faceta de los
muchos no puede comprender a los muchos; una entidad no puede comprender a las
muchas entidades que somos. Aunque una faceta procura controlar, disciplinar,
modelar las otras facetas, sus esfuerzos conducen siempre a la restricción y al
autoencierro. El todo no puede ser comprendido por la parte, y es por eso que
nunca comprendemos. Jamás conseguimos ver el todo, jamás lo percibimos, porque
estamos totalmente ocupados con la parte. La parte se divide a sí misma y se
convierte en los muchos. Para percibir el todo, el conflicto de los muchos, es
necesario comprender el deseo. Sólo existe la actividad del deseo; aunque haya
variables y antagónicas demandas y persecuciones, todas ellas son el resultado
del deseo. El deseo no debe ser sublimado ni suprimido; debe ser comprendido
sin aquel que comprende. Si está la entidad que comprende, entonces ella es
todavía la entidad del deseo. Comprender sin el experimentador es estar libre
del uno y de los muchos.
Todas las actividades del conformismo y la negación, del análisis y
la aceptación, sólo fortalecen al experimentador. El experimentador jamás puede
comprender el todo. El experimentador es lo acumulado, y no hay comprensión
dentro de la sombra del pasado. La dependencia del pasado podrá ofrecer una vía
de acción, pero el cultivo de un medio no es comprensión. La comprensión es de
la mente, del pensamiento; y si el pensamiento es disciplina o en el silencio
para captar lo que no es de la mente, entonces aquello que se experimenta es la
proyección del pasado. En la alerta percepción de este proceso total hay un
silencio que no es del experimentador. Sólo en este silencio surge la
comprensión.



