domingo, 1 de junio de 2014

EL PARLOTEO Y EL DESASOSIEGO



EL PARLOTEO Y EL DESASOSIEGO

¡Qué parecido singular tienen entre sí el parloteo y el desasosiego! Ambos son el resultado de una mente agitada. Una mente agitada debe tener una cambiante variedad de expresiones y acciones, debe estar ocupada; debe tener sensaciones siempre nuevas y más fuertes, intereses pasajeros; y el parloteo contiene los elementos de todas estas cosas.
El parloteo es la misma antítesis de la intensidad y de la seriedad. Hablar de otro, ya sea en forma agradable o viciosa, no es más que una evasión de sí mismo, y la evasión siempre es la causa de la agitación. La evasión por su propia naturaleza es agitación. Parece que la mayoría de la gente gusta ocuparse de los asuntos ajenos, y este interés se revela en la lectura de innumerables revistas y diarios, con sus chismosas columnas, sus narraciones de crímenes, divorcios, etc.
Como nos preocupamos por lo que otros piensan de nosotros, también ansiamos saber todo lo que se relaciona con los demás; y de ahí provienen todas las manifestaciones burdas o sutiles del snobismo y del culto a la autoridad. Así nos volvemos más y más exteriorizados e interiormente vacíos. Cuanto más nos volvemos hacia lo exterior, más sensaciones y distracciones necesitamos, y esto engendra una mente que nunca está quieta, que no es capaz de honda búsqueda y descubrimiento.
El parloteo es la expresión de una mente agitada; pero estar meramente en silencio no indica una mente tranquila. La tranquilidad no surge con la abstinencia o la negación ella adviene con la comprensión de lo que es. Para comprender lo que es se requiere una alerta percepción, porque lo que es, no es estético.
Si no tuviésemos preocupaciones, la mayoría de nosotros sentiríamos como si no estuviéramos viviendo; estar luchando con un problema es para la mayoría de nosotros un indicio de existencia. No podemos imaginarnos la vida sin un problema y cuanto más ocupados estamos con un problema, tanto más creemos que estamos alerta. La constante tensión sobre un problema que el mismo pensamiento ha creado, sólo embota la mente, haciéndola insensible y produciéndole cansancio.
¿Por qué esta incesante preocupación con un problema? ¿Acaso el atormentarse resolverá el problema? ¿O bien surge la respuesta al problema sólo cuando la mente está quieta? Pero para la mayoría de la gente, una mente quieta es cosa bastante temible; tienen terror a la quietud, porque nadie sabe lo que puede descubrir en sí mismo, y el desasosiego constituye un preventivo. Una mente que tiene miedo de descubrir debe siempre estar a la defensiva, y la agitación es su defensa.
Por medio de una constante tensión, el hábito y la influencia de las circunstancias, las capas conscientes de la mente se tornan agitadas e incansables. La existencia moderna favorece esta actividad superficial y las distracciones, lo que constituye otra forma de autodefensa. La defensa es resistencia, y ésta impide la comprensión.
El desasosiego, al igual que el parloteo, tiene la apariencia de la intensidad y de la seriedad; pero si lo observamos más atentamente, veremos que proviene de la atracción y no de la seriedad. La atracción es siempre cambiante, y es por esto que los objetos del parloteo y del desasosiego continuamente cambian. El cambio es meramente continuidad modificada. El parloteo y el desasosiego sólo pueden terminar cuando la agitación de la mente es comprendida. Mera abstinencia, control o disciplina no sólo no crearán tranquilidad, sino que embotarán la mente, haciéndola insensible y confinada.
La curiosidad no conduce a la comprensión. La comprensión adviene con el conocimiento propio. El que sufre no es curioso; y la simple curiosidad con sus especulativas modalidades, es un impedimento para el conocimiento propio. La especulación, como la curiosidad, es indicio de agitación; y una mente agitada, por muy hábil que sea, destruye la comprensión y la felicidad.