domingo, 1 de junio de 2014

LA CREENCIA



LA CREENCIA

Nos hallábamos alto en las montañas y todo estaba muy seco. Desde hacía varios meses no se producían lluvias, y los arroyuelos estaban silenciosos. Los pinos se estaban poniendo grisáceos; algunos ya habían muerto, y sólo el viento persistía entre ellos. Las montañas se extendían, pliegue tras pliegue, hasta el horizonte. La mayoría de los animales salvajes se había ido en busca de pastos más frescos y mejores; sólo permanecían las ardillas y unos pocos grajos. Quedaban otras aves más pequeñas, pero durante el día estaban silenciosas. Un pino muerto se había puesto blanco después de varios veranos. Era hermoso aun en la muerte, gracioso y fuerte sin la sombra del sentimiento. La tierra estaba dura y los senderos rocosos y polvorientos.
Ella dijo que había pertenecido a varias sociedades religiosas, pero que finalmente se había decidido por una. Había trabajado por ella, como conferenciante y propagandista, prácticamente en todo el mundo. Dijo que había renunciado a la familia, al confort y a muchas otras cosas por la causa de esta organización; había aceptado sus creencias, sus doctrinas y preceptos, había seguido a sus líderes y tratado de meditar. Tanto los demás miembros como los dirigentes tenían por ella la más alta consideración. Ahora, continuó, habiendo oído lo que yo había dicho sobre las creencias, las organizaciones, los peligros de la autodecepción, etc. se había retirado de su organización y de sus actividades. No estaba ya interesada por salvar al mundo, sino que se ocupaba con su pequeña familia y sus inquietudes, y sólo prestaba un relativo interés a las inquietudes del mundo. Estaba predispuesta a la amargura, y aunque exteriormente parecía amable y generosa, por lo que dijo su vida debía ser muy desolada. ¿A qué había llegado, después de todo el entusiasmo y el trabajo pasado? ¿Qué le había ocurrido? ¿Por qué estaba tan apagada y cansada, y tan preocupada, a su edad, con cosas triviales?
Cuán fácilmente destruimos la delicada sensibilidad de nuestro ser. La incesante oposición y lucha, las evasiones y los temores angustiosos, pronto embotan la mente y el corazón; y la mente astuta rápidamente encuentra sustitutos para la sensibilidad de la vida. Los entretenimientos, la familia, la política, las creencias y los dioses, tornan el lugar de la claridad y del amor. El conocimiento y la creencia impiden la claridad, y las sensaciones impiden el amor. ¿Acaso la creencia trae claridad? ¿Trae comprensión el estrecho cerco de la creencia? ¿Cuál es la necesidad de las creencias, y acaso no oscurecen ellas la mente ya de sí atestada? La comprensión de lo que es no requiere creencias, sino percepción directa, lo que implica estar directamente atento sin la interferencia del deseo. Es el deseo que genera confusión, y la creencia es la prolongación del deseo. Las modalidades del deseo son sutiles, y exigen comprensión; la creencia sólo aumenta el conflicto, la confusión y el antagonismo. El otro nombre de la creencia es fe, y la fe es también el refugio del deseo.
Adoptamos una creencia como un medio de acción. La creencia nos da esa fuerza peculiar que proviene de la exclusión; y como la mayoría de nosotros está empeñada en hacer, la creencia se convierte en una necesidad. Sentimos que no podemos actuar sin una creencia, porque ella nos proporciona un objetivo para vivir y trabajar. Para la mayoría de nosotros, la vida no tiene otro significado que el que le da la creencia; la creencia tiene más importancia que la vida. Pensamos que la vida debe ajustarse a la norma de la creencia; porque sin norma de ninguna clase, ¿cómo puede haber acción? Por lo tanto nuestra acción está basada en la idea, o es el resultado de una idea; y la acción, entonces, no es tan importante como la idea.
¿Pueden jamás las cosas de la mente, por brillantes y sutiles que sean, traer la plenitud de la acción, una transformación radical en nuestro ser y por ende en el orden social? ¿Puede la idea conducir a la acción? La idea puede por cierto originar una serie de acciones, pero eso es mera actividad; y la actividad es totalmente diferente de la acción. Es en esta actividad que uno está atrapado; y cuando por una u otra razón la actividad cesa, entonces nos sentimos perdidos y la vida se torna sin sentido, vacía. Consciente o inconscientemente nos damos cuenta de este vacío y por eso la idea y la actividad adquieren una importancia total. Llenamos este vacío con la creencia, y la actividad se convierte en una embriagadora necesidad. Por causa de esta actividad, es que decidiremos renunciar, que nos someteremos a cualquier incomodidad, a cualquier ilusión,
La actividad de la creencia lleva a la confusión y a la destrucción; podrá a primera vista parecer ordenada y constructiva, pero en su secuencia hay conflicto y miseria. Cualquier clase de creencia, sea religiosa o política, impide la comprensión de la convivencia, y no puede haber acción sin esta comprensión.