domingo, 1 de junio de 2014

LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD



LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Había venido desde muy lejos, recorriendo varios miles de kilómetros por vapor y avión. Hablaba sólo su propio idioma, y con la mayor dificultad se estaba adaptando a este nuevo y perturbador ambiente. No estaba en absoluto acostumbrado a este genero de alimento ni a este clima; habiendo nacido y crecido en una zona muy alta, sufría las consecuencias del calor húmedo. Era un hombre muy instruido, un cientista destacado, y había escrito algunas obras. Parecía estar muy familiar con ambas filosofías, la oriental y la occidental y había sido un católico militante. Dijo que había estado disconforme con todo esto durante mucho tiempo, pero que continuaba con ello a causa de su familia. Su matrimonio podía considerarse feliz, amaba a sus dos hijos. Ellos estaban ahora en el colegio de ese lejano país, y tenían un brillante porvenir. Pero esta disconformidad con respecto a su vida y acción había ido constantemente en aumento en el transcurso de los años, y pocos meses antes hizo crisis. Había dejado a su familia, previos los arreglos necesarios para el sostén de su esposa e hijos, y ahora estaba aquí. Tenía apenas el dinero suficiente para vivir, y había venido para hallar a Dios. Dijo que de ningún modo era un desequilibrado, y que era claro en su propósito.
El equilibrio no es algo que pueda ser juzgado por los frustrados, o por los que han triunfado. Los triunfadores pueden ser los desequilibrados; y los frustrados llegan a ser amargados y cínicos, o encuentran un escape a través de alguna ilusión autoproyectada. El equilibrio no está en manos de los analistas; ajustarse a una norma no indica necesariamente equilibrio. La norma misma puede ser el producto de una cultura desequilibrada. Una sociedad adquisitiva, con sus patrones y normas, es desequilibrada, sea ella de izquierda o de derecha, tanto si su adquisitividad beneficia al Estado o a sus ciudadanos. El equilibrio es no-adquisitividad. La idea de equilibrio y desequilibrio está todavía dentro del campo del pensamiento y por lo tanto no puede ser el juez El pensamiento mismo, la respuesta condicionada con sus criterios y juicios, no es verdadero. La verdad no es una idea, una conclusión.
¿Podéis encontrar a Dios si vais en su busca? ¿Podéis buscar lo incognoscible? Para encontrar, debéis conocer lo que estáis buscando. Si buscáis para encontrar, lo que encontréis será una autoproyección; será lo que vosotros deseáis, y la creación del deseo no es la verdad. Buscar la verdad es negarla. La verdad no tiene morada fija; no hay sendero, no hay guía para ella, y la palabra no es la verdad. ¿Podrá hallarse la verdad en un particular sitio, en un clima especial, entre determinadas personas? ¿Está aquí y no allí? ¿Es ése el guía de la verdad, y no algún otro? ¿Puede siquiera haber un guía? Cuando se busca la verdad, lo que se halla sólo puede provenir de la ignorancia, puesto que la misma búsqueda nace de la ignorancia o podéis buscar la realidad; debéis cesar de buscar para que la realidad sea.
“Pero ¿no puedo yo hallar lo innombrable? He llegado a este país porque aquí hay mayor sensibilidad para esa búsqueda. Físicamente uno puede sentirse aquí más libre, no necesita tener muchas cosas; las posesiones no lo agobian a uno aquí tanto como en otras partes. Es por ese agobio que uno se recluye a veces en un monasterio. Pero en esa reclusión hay escape psicológico, y como yo no deseo encerrarme en un aislamiento regimentado, estoy aquí, viviendo mi vida en procura de lo innombrable. ¿Seré capaz de hallarlo?”
¿Es éste un asunto de capacidad? ¿No implica la capacidad el seguimiento de un particular curso de acción, de un sendero predeterminado, con todos los necesarios ajustes? Cuando Ud. hace esta pregunta, ¿no está preguntando si Ud., un individuo común, tiene los medios necesarios para lograr lo que desea? Seguramente, su pregunta implica que sólo el que es excepcional puede hallar la verdad, y no el hombre común. ¿Está la verdad reservada tan sólo a los pocos, a los que son excepcionalmente inteligentes? ¿Por qué preguntamos si somos capaces de hallarla? Tenemos el modelo, el ejemplo del hombre que se supone ha descubierto la verdad; y estando el modelo muy por encima de nosotros, nos crea incertidumbre. El modelo adquiere así gran significación, y hay competición entre el modelo y nosotros; también deseamos ser los vencedores. ¿Acaso esta pregunta, “¿Tengo yo la capacidad?” no surge de nuestra consciente o inconsciente comparación de lo que uno es con lo que supone que es el modelo?
¿Por qué nos comparamos con el ideal? ¿Y trae comprensión la comparación? ¿Es el ideal diferente de nosotros? ¿No es una autoproyección, una cosa de fabricación casera, y no impide eso por consiguiente que nos comprendamos a nosotros mismos tal como somos? ¿No es la comparación una evasión de la comprensión de nosotros mismos? Hay tantas maneras de escapar de nosotros mismos, y la comparación es una de ellas. Sin comprenderse uno mismo, la búsqueda de la llamada realidad es por cierto una evasión de sí mismo. Sin conocimiento propio, el dios que buscáis es el dios de la ilusión; y la ilusión inevitablemente trae conflicto y sufrimiento. Sin conocimiento propio, no puede haber recto pensar; y entonces todo conocimiento es ignorancia que sólo conduce a la confusión y a la destrucción. El conocimiento propio no es un fin último; es lo único que conduce a lo inagotable.
“¿No es el conocimiento propio extremadamente difícil de alcanzar y no tomará eso demasiado tiempo?”
La misma idea de que el conocimiento propio es difícil de alcanzar es un obstáculo para el conocimiento propio. Si puedo sugerirlo, no suponga que será difícil, o que tomará tiempo; no prejuzgue lo que es y lo que no es. Empiece. El conocimiento propio debe ser descubierto en la acción de la convivencia; y toda acción es convivencia. El conocimiento propio no se alcanza aislándose retirándose; la negación de la convivencia es la muerte. La muerte es la resistencia final. La resistencia, que es supresión, sustitución o sublimación, en cualquier forma, es un obstáculo para la fluencia del conocimiento propio; pero la resistencia debe ser descubierta en la convivencia, en la acción La resistencia, tanto negativa como positiva, con sus comparaciones y justificaciones, sus condenaciones e identificaciones, es la negación de lo que es. Lo que es, es lo implícito; y la alerta percepción de lo implícito, sin ninguna elección, es su revelación. Esta revelación es el comienzo de la sabiduría. La sabiduría es esencial para que advenga lo desconocido, lo inagotable.