domingo, 1 de junio de 2014

LA RESPETABILIDAD



LA RESPETABILIDAD

Afirmaba que no era codicioso, que se conformaba con poco, y que la vida había sido benévola con él, por más que sufría las habituales miserias de la existencia humana. Era un hombre tranquilo, flemático, que no quería ser molestado en sus hábitos. Dijo que no era ambicioso, pero que daba gracias a Dios por las cosas que tenía, por su familia y por el plácido transcurso de su vida. Estaba reconocido por no hallarse sumergido en problemas y conflictos como sus amigos y parientes. Había llegado rápidamente a ser muy respetable y feliz, embargado en el pensamiento de que era de la élite. No se sentía atraído por otras mujeres, y llevaba una apacible vida familiar, aunque existían las ordinarias desavenencias entre marido y mujer. No tenía vicios especiales, rezaba a menudo y rendía culto a Dios. “¿Qué concepto le merezco”, preguntó, “ya que no tengo problemas”? No esperó una respuesta, sino que sonriendo con satisfacción y melancolía procedió a contar su pasado, lo que estaba haciendo, y qué clase de educación impartía a sus hijos. Siguió diciendo que no era generoso, pero que daba un poco acá y allá. Estaba convencido de que cada cual debía luchar para conseguir una posición para sí en el mundo.
La respetabilidad es una maldición; es un “mal” que corroe la mente y el corazón. Se desliza en uno subrepticiamente y destruye el amor. Ser respetable es sentirse triunfante, conquistar para sí una posición en el mundo, levantar en derredor un muro de certeza, de esa seguridad que se consigue con el dinero, con el poder, con el éxito, la capacidad o la virtud. Esta forma exclusiva de seguridad engendra odio y antagonismo en la convivencia humana, que es la sociedad. Los respetables son siempre la crema de la sociedad, y por eso son eternamente la causa de la lucha y la miseria. Los respetables, como los despreciados, están siempre a merced de las circunstancias; las influencias del medio ambiente y el peso de la tradición son para ellos de una importancia extraordinaria, porque encubren su pobreza interior. Los respetables están a la defensiva, temerosos y llenos de sospechas. El miedo está en sus corazones, y por eso la ira es su rectitud; su virtud y su piedad son su defensa. Son como el tambor, vacío por dentro pero ruidoso si se lo bate. Los respetables jamás pueden estar abiertos a la realidad, porque, como los despreciados, se hallan encerrados en el empeño de su propio perfeccionamiento. La felicidad les es negada, porque evitan la verdad.
Ser no—codicioso y no ser generoso son cosas íntimamente relacionadas. Ambas son un proceso de autoencierro, una forma negativa de egocentrismo. Para ser codiciosos debéis ser activos, extrovertidos; debéis luchar, competir, ser agresivos. Si no tenéis este impulso, no por ello estáis libres de codicia, sino solamente autoencerrados. La extroversión es una perturbación, una lucha penosa de modo que el egocentrismo es encubierto por la palabra no—codicioso. Ser generoso con la mano es una cosa, y ser generoso de corazón es otra. La generosidad de la mano es una cuestión relativamente simple, que depende de las normas culturales y cosas análogas; pero la generosidad del corazón es de un significado mucho más profundo, y requiere alerta percepción y vasta comprensión.
De igual modo, no ser generoso es una satisfactoria y ciega autoabsorción, en la que no hay extroversión. Este estado de autoabsorción tiene sus propias actividades, como las tiene quien sueña, pero ellas jamás os despertarán. El proceso de despertar es penoso, y por eso, jóvenes y viejos, vosotros preferís más bien que os dejen en paz para llegar a ser respetables, para morir.
Como la generosidad del corazón, la generosidad de la mano es un movimiento de extroversión, pero a menudo es penoso, decepcionante y autorrevelador. La generosidad de la mano es fácil de alcanzar; pero la generosidad del corazón no es cosa que pueda cultivarse, es estar libre de toda acumulación. Para perdonar, necesario es que haya existido una ofensa; y para estar ofendido, es preciso haber acumulado orgullo. No puede haber generosidad del corazón mientras exista una memoria referencial mientras exista el “yo” y lo “mío”.