domingo, 1 de junio de 2014

LA VIRTUD



LA VIRTUD

El mar estaba muy calmo y casi no había ondulaciones sobre las blancas arenas. Hacia el norte, la ciudad se extendía alrededor de la ancha bahía, y hacia el sur había palmeras, casi tocando el agua. Apenas visibles detrás de la barra aparecían las embarcaciones pesqueras, unos pocos troncos atados con fuertes cuerdas. Navegaban rumbo a una pequeña aldea al sur de las palmeras. La puesta del sol era brillante, no donde debía vérsela, sino al este; era un contra ocaso crepuscular, y las nubes, macizas y bien formadas, estaban teñidas con todos los colores del espectro. El espectáculo era realmente fantástico, y casi penosa su contemplación. Las aguas reflejaban los brillantes colores y hacían una senda de exquisita luz hacia el horizonte.
Había unos pocos pescadores que regresaban a sus aldeas desde la ciudad, pero la plaza estaba casi desierta y silenciosa. Una sola estrella aparecía sobre las nubes. Durante nuestro regreso, una mujer se nos unió y empezó a hablar de cosas serias. Dijo que pertenecía a cierta sociedad cuyos miembros meditaban y cultivaban las virtudes esenciales. Cada mes se elegía una determinada virtud, y durante los días siguientes se la cultivaba y se la ponía en práctica. Por su actitud y conversación se notaba que estaba bien entrenada en la autodisciplina y algo impaciente con aquellos que no estaban de acuerdo con su modo de ver y sus propósitos.
La virtud es del corazón y no de la mente. Cuando la mente cultiva la virtud, ello no es más que un astuto cálculo; es una autodefensa, un hábil ajuste al medio ambiente. El autoperfeccionamiento es la misma negación de la virtud. ¿Cómo puede haber virtud si hay temor? El temor es de la mente y no del corazón. El temor se esconde bajo diferentes formas: virtud, respetabilidad, ajuste, servicio, etc. El temor existirá siempre en las relaciones y actividades de la mente. La mente no está separada de sus actividades pero ella se separa, dándose así continuidad y permanencia. Tal como un niño se ejercita en el piano, así la mente practica astutamente la virtud para hacerse más permanente y dominante al enfrentar la vida, o para alcanzar lo que ella considera lo más elevado. Para afrontar la vida debe haber vulnerabilidad, y no el respetable autoencierro de la virtud. No se puede alcanzar lo más elevado; no hay ningún sendero, ningún matemático crecimiento progresivo que conduzca a ello. La verdad debe venir, no podéis ir hacia la verdad, y vuestra cultivada virtud no os llevará hacia ella. Lo que alcanzáis no es la verdad, sino vuestro propio deseo autoproyectado; y sólo en la verdad hay felicidad.
La astuta adaptabilidad de la mente en su propia autoperpetuación mantiene el temor. Lo que importa es la profunda comprensión de este temor, y no cómo ser virtuosos. Una mente mezquina podrá practicar la virtud, pero no por eso dejará de ser mezquina. La virtud es entonces una huida de su propia mezquindad, y la virtud que consiga recoger también será mezquina. Si no se comprende esta mezquindad, ¿cómo puede haber la vivencia de la realidad? ¿Cómo puede una mente mezquina, aunque sea virtuosa, abrirse a lo inconmensurable?
Al comprender el proceso de la mente, que es el “yo”, surge la virtud. La virtud no es resistencia acumulada; es la espontánea alerta percepción y la comprensión de lo que es. La mente no puede comprender; puede traducir en acción lo que se ha comprendido, pero no es capaz de comprender. Para comprender, debe haber el calor del reconocimiento y recepción, que únicamente puede dar el corazón cuando la mente está silenciosa. Pero el silencio de la mente no es el resultado de un astuto cálculo. El deseo de silencio es la maldición de la realización, con sus incesantes conflictos y penas. El ansia de ser, negativa o positivamente, es la negación de la virtud del corazón. La virtud no es conflicto y realización, práctica prolongada y resultado, sino un estado de ser que no es la resultante del deseo autoproyectado. No hay ser si hay una lucha por ser. En la lucha por ser hay resistencia y negación, mortificación y renunciación; pero la superación de las mismas no es virtud. La virtud es la tranquilidad de la liberación del ansia de ser, y esta tranquilidad es del corazón, no de la mente. Por medio de la práctica, de la compulsión, de la resistencia, puede la mente aquietarse, pero esta disciplina destruye la virtud del corazón, sin la cual no hay paz, no hay dicha; porque la virtud del corazón es la comprensión.