CEREMONIAS Y CONVERSIÓN
En un amplio
lugar cercado, entre muchos árboles, había una iglesia. La gente, morena y
blanca, estaba entrando. En su interior había más luz que en las iglesias
europeas, pero los arreglos eran los mismos. La ceremonia se estaba
desarrollando y tenía belleza. Cuando terminó, muy pocos morenos hablaron a los
blancos, o blancos a los morenos y todos salimos por diferentes caminos.
En otro continente había un templo, y se cantaba un cántico
sánscrito; se celebraba el puja, una ceremonia hindú. La congregación era de
otro tipo cultural. La tonalidad de las palabras sánscritas es muy penetrante y
poderosa; tiene un extraño peso y profundidad.
Podéis convertiros de una creencia a otra, de un dogma a otro, pero
no podéis convertiros a la comprensión de la realidad. La creencia no es la
realidad. Podéis cambiar vuestra mente, vuestra opinión, pero la verdad o Dios
no es una convicción; es una experiencia no basada en ninguna creencia o dogma,
en ninguna experiencia previa. Si tenéis una experiencia nacida de la creencia,
vuestra experiencia es la respuesta condicionada de esa creencia. Si tenéis una
experiencia sobre la primera, entonces la experiencia es una mera continuación
de la memoria, que responde al contacto con el presente. La memoria está
siempre muerta, y cobra vida sólo en contacto con el vivir presente.
La conversión es el cambio de una creencia o dogma a otro, de una
ceremonia a otra más satisfactoria, y no abre la puerta a la realidad. Por el
contrario, la satisfacción es un impedimento para la realidad. Y sin embargo
eso es lo que intentan hacer las religiones organizadas y los grupos
religiosos: convertiros a un más razonable o menos razonable dogma,
superstición o esperanza. Os ofrecen una jaula mejor. Ella podrá o no ser
confortable, según vuestro temperamento, pero en todo caso es una prisión.
Religiosa y políticamente, en diferentes niveles de cultura, esta
conversión está ocurriendo continuamente. Las organizaciones, con sus
dirigentes, procuran mantener al hombre en las normas ideológicas que ellas
ofrecen, ya sean religiosas o económicas. En este proceso se apoya una mutua
explotación. La verdad está fuera de todas las normas, temores y esperanzas. Si
queréis descubrir la suprema felicidad de la verdad, deberéis romper con todas
las ceremonias y con todas las normas ideológicas.
La mente halla seguridad y fuerza en las normas religiosas o
políticas, y es esto lo que da vitalidad a las organizaciones. Siempre existen
los veteranos y los nuevos reclutas. Estos mantienen las organizaciones, con
sus inversiones y propiedades, con sus actividades; y el poder y el prestigio
de las organizaciones atraen a aquellos que rinden culto al éxito y a la sabiduría
mundana. Cuando la mente halla que los viejos moldes ya no son satisfactorios y
vivificantes, se convierte a otras creencias y dogmas más reconfortantes y más
vigorizantes. Así la mente es el producto del medio ambiente, recreándose y
sosteniéndose con sensaciones o identificaciones; y es por esto que la mente se
aferró a los códigos de conducta, a las normas de pensamiento, etc. En tanto la
mente sea el resultado del pasado, jamás podrá descubrir la verdad o permitir
que la verdad se revele. Al aferrarse a las organizaciones ella descarta la
búsqueda de la verdad.
Obviamente, los ritos ofrecen a los participantes una atmósfera en
la que se encuentran a gusto. Los ritos, tanto colectivos como individuales,
dan una cierta quietud a la mente; ofrecen un vital contraste a la torpe vida
cotidiana. Hay una cierta belleza y orden en las ceremonias, pero
fundamentalmente son estimulantes; y como pasa con todos los estimulantes,
pronto embotan la mente y el corazón. Los ritos se convierten en hábitos; se tornan
una necesidad, y no se puede prescindir de ellos. Esta necesidad se considera
una renovación espiritual, una manera de fortalecerse frente a la vida, una
meditación semanal o diaria, etc.; pero si uno examina este proceso más
detenidamente, descubre que los ritos son una vana repetición que ofrece un
maravilloso y respetable escape para rehuir el conocimiento propio. Sin
conocimiento propio, la acción tiene muy poco significado.
La repetición de cánticos, de palabras y frases, adormece la mente,
por más que momentáneamente logre estimularla. En este estado soñoliento,
ocurren experiencias, pero son autoproyectadas. Por más satisfactorias que sean
estas experiencias son ilusorias. La vivencia de la realidad no adviene
mediante ninguna repetición, mediante ninguna práctica. La verdad no es un fin,
un resultado, una meta; no puede ser invitada, porque no es una cosa de la
mente.



