DISCÍPULO Y MAESTRO
“Usted sabe, se me ha dicho que soy un
discípulo de un cierto Maestro”, empezó a decir. “¿Cree Ud. que lo soy?
Quisiera realmente saber lo que Ud. piensa de esto. Pertenezco a una sociedad
que Ud. conoce, y los dirigentes exteriores que representan a los guías
interiores o Maestros, me han dicho que por mi trabajo para la sociedad me
habían admitido como discípulo. Me dijeron que tengo una oportunidad de llegar
a ser un iniciado de primer grado en esta vida”. Él tomó todo esto muy en
serio, y lo conversamos un buen rato.
La recompensa es sumamente agradable en cualquier forma; y
especialmente lo es la recompensa llamada espiritual cuando uno es algo
indiferente a los honores del mundo. O, cuando uno no tiene mucho éxito en este
mundo, es muy satisfactorio pertenecer a un grupo especialmente elegido por
alguien de quien se supone que es un ser espiritual altamente avanzado, porque
entonces uno es parte de un equipo que trabaja por una gran idea, y
naturalmente debe ser recompensado por su obediencia y por los sacrificios que
ha hecho por la causa. Y si no es una recompensa en ese sentido, es un
reconocimiento del propio progreso espiritual; o, como ocurre en una
organización bien llevada, es el reconocimiento de la propia eficiencia como
estímulo para que uno haga las cosas aún mejor.
En un mundo en que se rinde culto al éxito, esta clase de adelanto
es entendido y estimulado. Pero que otro os diga que sois un discípulo de un
Maestro, o pensar que lo sois, conduce evidentemente a muchas y feas formas de
explotación. Desgraciadamente, tanto el explotador como el explotado se sienten
exaltados en sus mutuas relaciones. Esta expansiva satisfacción propia se
considera progreso espiritual, y se torna especialmente fea y brutal cuando
existen intermediarios entre el discípulo y el Maestro, cuando el Maestro está
en otro país o es de algún modo inaccesible y no estáis en directo contacto
físico con él. Esta inaccesibilidad y la falta de contacto directo abren la
puerta al autoengaño y a grandes pero infantiles ilusiones; y estas ilusiones
son explotadas por los astutos, pero los que van tras la gloria y el poder.
La recompensa y el castigo existen únicamente cuando no hay
humildad. La humildad no es un resultado final de prácticas y negaciones
espirituales. La humildad no es una realización, no es una virtud que pueda ser
cultivada. Una virtud que se cultiva deja de ser una virtud, porque entonces es
simplemente otra forma de realización, un “récord” a establecer. Una virtud
cultivada no es la negación del “yo”, sino una afirmación negativa del “yo”.
La humildad no conoce la división del superior y el inferior, del
Maestro y el discípulo. Mientras haya una división entre el Maestro y el
discípulo, entre la realidad y vosotros, no será posible la comprensión. En la
comprensión de la verdad, no existe el Maestro o el discípulo, ni el adelantado
o el atrasado. La verdad es la comprensión de lo que es de instante en instante
sin la carga o el residuo del momento pasado.
La recompensa y el castigo sólo fortalecen el “yo”, que niega la
humildad. La humildad está en el presente, no en el futuro. No podéis devenir
humildes. El mismo devenir es la continuación de la propia importancia, que se
oculta en la práctica de una virtud. ¡Qué fuerte es nuestro deseo de triunfar,
de devenir! ¿Cómo pueden coexistir el éxito y la humildad? Sin embargo, eso es
lo que persiguen el explotado y el explotador “espiritual”, y en eso hay
conflicto y sufrimiento.
“¿Pretende Ud. decir que el Maestro no existe, y que el hecho de
ser yo un discípulo es una ilusión, un engaño?”, preguntó él.
Que el Maestro exista o no es cosa trivial. Es importante para el
explotador, para las escuelas y las sociedades secretas; pero para el hombre
que busca la verdad —que es lo que trae la suprema felicidad— seguramente esta
cuestión es muy vana. El hombre rico y el sirviente son tan importantes como el
Maestro y el discípulo. Que los Maestros existan o no, que haya o no la
distinción de Iniciados, discípulos, etc., no es importante, pero sí es
importante comprenderse a sí mismo. Sin conocimiento propio, vuestro
pensamiento, vuestro raciocinio, carecen de base. Sin antes conoceros a
vosotros mismos, ¿cómo podéis saber qué es verdadero? Sin conocimiento propio
la ilusión es inevitable. Es infantil que os digan y que aceptéis que sois esto
o aquello. Desconfiad del hombre que os ofrece una recompensa en este mundo o
en el otro.



