LA VIVENCIA
El valle estaba en
la sombra, y el sol en su ocaso tocaba las cumbres de las lejanas montañas el
resplandor del atardecer parecía venir desde el interior. Al norte del largo
camino las montañas eran desnudas y áridas, desbastadas por el fuego; al sur,
las sierras estaban verdes y cubiertas de árboles y malezas. El camino corría
en línea recta, dividiendo el largo y gracioso valle. Las montañas en este
particular atardecer parecían cercanas, irreales, claras y suaves. Grandes aves
planeaban en círculos sin ningún esfuerzo, alto en el cielo. Las ardillas
cruzaban perezosamente el camino, y se oía el zumbido de un avión distante.
Sobre ambos lados del camino había quintas de naranjos, bien alineados y bien
cultivados. Después del caluroso día el olor de las salvias purpúreas era muy
fuerte, y así era también el olor de la tierra y del heno caldeados por el sol.
Los naranjos aparecían oscuros, con sus frutos brillantes. Las codornices
llamaban, y un pájaro corredor desapareció entre los matorrales. Un gran
lagarto, molestado por el perro, se deslizó entre la hierba seca. La
tranquilidad del atardecer descendía sobre la tierra.
La experiencia es una cosa, y la vivencia es otra. La experiencia
es una barrera para el estado de vivencia. Por más placentera o desagradable
que sea la experiencia, ella impide el florecimiento de la vivencia. La
experiencia ya está atrapada en la red del tiempo, pertenece al pasado, se ha
convertido en un recuerdo que sólo revive como respuesta al presente. La vida
es el presente, no es la experiencia. El peso y la fuerza de la experiencia
ocultan el presente, y así la vivencia se convierte en la experiencia. La mente
es la experiencia, lo conocido, y jamás puede estar en estado de vivencia;
porque lo que ella experimenta es la continuación de la experiencia. La mente
únicamente conoce la continuidad, y mientras exista su continuidad no puede
recibir lo nuevo. Lo que es continuo jamás puede hallarse en un estado de
vivencia. La experiencia no conduce a la vivencia, que es un estado sin
experiencia. La experiencia debe cesar para que la vivencia sea.
La mente puede atraer solamente sus propias proyecciones, lo
conocido. No puede existir la vivencia de lo desconocido hasta que la mente
cese de experimentar. El pensamiento es la expresión de la experiencia; el
pensamiento es una respuesta de la memoria; y mientras el pensamiento
intervenga, no puede haber vivencia. No hay ningún medio, ningún método para
poner término a la experiencia porque el mismo medio es un obstáculo para la
vivencia. Conocer el fin es conocer la continuidad, y tener un medio para
lograr el fin es mantener lo conocido. El deseo de realización debe disiparse;
es este deseo que crea los medios y el fin. La humildad es esencial para la
vivencia. Pero ¡cuán ansiosa está la mente de absorber la vivencia en la
experiencia! ¡Qué rápida es para pensar en lo nuevo y convertirlo en lo viejo!
Así ella establece el experimentador y lo experimentado, dando nacimiento al
conflicto de la dualidad.
En el estado de vivencia, no existe ni el experimentador ni lo
experimentado. El árbol, el perro y la estrella del atardecer no pueden ser
experimentados por el experimentador; ellos son el mismo movimiento de la
vivencia. No hay separación entre el observador y lo observado; no hay tiempo,
no hay intervalo espacial para que el pensamiento se identifique a sí mismo. El
pensamiento está completamente ausente, pero hay ser. Este estado de ser no
puede ser pensado o meditado, no es una cosa que pueda ser realizada. El
experimentador debe cesar de experimentar, y únicamente entonces hay ser. En la
tranquilidad de su movimiento está lo atemporal.



